Esto es tango, señores...
La Típica Fernández sorprendió a todos.
Gustavo Visentín cantó y Juárez mató.
Cerraba Julio Bocca.
La Falda. Cuando el sábado por la noche la Orquesta Típica
Fernández Fierro subió al escenario Carlos Gardel
del Anfiteatro Municipal, muchos de los presentes se preguntaron
¿Qué hacen estos melenudos acá? El escenario
no miente, y la respuesta llegó, inmediata y musical
después del primer tema: tango señores, la Fernández
Fierro hace tango. La orquesta –que alguna vez se llamó
Fernández Branca– está estructurada según
el esquema de las típicas de las décadas de 1940
y 1950: piano, contrabajo, cuatro bandoneones, cuatro violines
y un violoncello. Sus integrantes son tipos jóvenes,
con la pinta de tipos jóvenes comunes en una situación
común en un lugar común. Andan con gafas oscuras,
pelo largo y despeinado –alguno con rastas–, vaquero,
zapatillas, remera y pinta de cansados; y cuando tocan invocan
a Osvaldo Pugliese, pero no sólo al viejo bueno y protector
de las estampitas, sino también al maestro de las partituras.
"Hubo una época en la que los músicos de
la orquesta de Pugliese eran algo así", recordaba
Osvaldo Piro, que se había llegado hasta el anfiteatro.
Escuela
y pasión. Es temprano en La Falda y la noche no se armó
todavía. De pronto se escuchan rumores de reggae y en
la bruma del escenario se delinean las siluetas de una típica.
No es la muchachada amamantada con leche de rock que de pronto
descubrió haber crecido en patios con malvones y por
eso hacen tangos como venga. Estos tienen rock encima, pero
también escuela de tango. En eso aparece el cantor, Walter
"Chino" Laborde, que con la corbata blanca sobre la
remera negra canta, mejor dicho interpreta, Canción desesperada
y después saluda con gesto rockero. "Bueeeeenas
nooooches, La Falda". Pasan otros instrumentales y ya hay
gente que baila. Laborde vuelve, esta vez para interpretar Corrientes
y Esmeralda y lo hace vestido con pollera, por eso de que "En
tu esquina rea, cualquier cacatúa sueña con la
pinta de Carlos Gardel".
Tocan
sin partitura, buena parte de los temas y los arreglos son propios;
tienen una actitud y una energía que ya no es fácil
encontrar en cualquier asociación instrumental con fines
de tango. Tocan con pasión y la contagian. Hay algo de
rock en esas juventudes; pero es tango, que viene de lejos.
Con
palabras. La noche había comenzado con el tango a La
Falda, en la voz de Carlos Rossi. Enseguida llegó Gustavo
Visentín, con el Damián Torres Trío. El
cantor comenzó con Recordándote, y asumió
los riesgos de proponer tema poco transitado en un ámbito
que muchas veces se conforma con lo de siempre; tiene oficio
y es de los que usa su riqueza expresiva en favor de las palabras;
el acompañamiento del trío fue sencillamente excelente.
Gran inicio.
Otro
momento destacable de la noche fue Rubén Juárez,
que con el Cristian Zárate Sexteto ofreció un
espectáculo con alta densidad musical. Juárez
compartió e improvisó con sus compañeros,
pero con Los cosos de al lao y Desencuentro, en versiones para
voz y fuelle, pagó otra cuota para una parcela en el
Olimpo de los artistas trascendentales. En otra noche a sala
llena –unas dos mil personas–, hubo más cantores
de golas portentosas y prestigio bien ganado. Guillermo Fernández
y María Graña, lograron, en la porción
final de la noche, esa estrecha comunicación que él
público sabe agradecer con aplausos generosos. En el
cierre se armó la milonga, con Simplemente Tango. Cerraba
el festival Julio Bocca.
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