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DOMINGO 22


Esto es tango, señores...
La Típica Fernández sorprendió a todos. Gustavo Visentín cantó y Juárez mató. Cerraba Julio Bocca.

La Falda. Cuando el sábado por la noche la Orquesta Típica Fernández Fierro subió al escenario Carlos Gardel del Anfiteatro Municipal, muchos de los presentes se preguntaron ¿Qué hacen estos melenudos acá? El escenario no miente, y la respuesta llegó, inmediata y musical después del primer tema: tango señores, la Fernández Fierro hace tango. La orquesta –que alguna vez se llamó Fernández Branca– está estructurada según el esquema de las típicas de las décadas de 1940 y 1950: piano, contrabajo, cuatro bandoneones, cuatro violines y un violoncello. Sus integrantes son tipos jóvenes, con la pinta de tipos jóvenes comunes en una situación común en un lugar común. Andan con gafas oscuras, pelo largo y despeinado –alguno con rastas–, vaquero, zapatillas, remera y pinta de cansados; y cuando tocan invocan a Osvaldo Pugliese, pero no sólo al viejo bueno y protector de las estampitas, sino también al maestro de las partituras. "Hubo una época en la que los músicos de la orquesta de Pugliese eran algo así", recordaba Osvaldo Piro, que se había llegado hasta el anfiteatro.

Escuela y pasión. Es temprano en La Falda y la noche no se armó todavía. De pronto se escuchan rumores de reggae y en la bruma del escenario se delinean las siluetas de una típica. No es la muchachada amamantada con leche de rock que de pronto descubrió haber crecido en patios con malvones y por eso hacen tangos como venga. Estos tienen rock encima, pero también escuela de tango. En eso aparece el cantor, Walter "Chino" Laborde, que con la corbata blanca sobre la remera negra canta, mejor dicho interpreta, Canción desesperada y después saluda con gesto rockero. "Bueeeeenas nooooches, La Falda". Pasan otros instrumentales y ya hay gente que baila. Laborde vuelve, esta vez para interpretar Corrientes y Esmeralda y lo hace vestido con pollera, por eso de que "En tu esquina rea, cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel".

Tocan sin partitura, buena parte de los temas y los arreglos son propios; tienen una actitud y una energía que ya no es fácil encontrar en cualquier asociación instrumental con fines de tango. Tocan con pasión y la contagian. Hay algo de rock en esas juventudes; pero es tango, que viene de lejos.

Con palabras. La noche había comenzado con el tango a La Falda, en la voz de Carlos Rossi. Enseguida llegó Gustavo Visentín, con el Damián Torres Trío. El cantor comenzó con Recordándote, y asumió los riesgos de proponer tema poco transitado en un ámbito que muchas veces se conforma con lo de siempre; tiene oficio y es de los que usa su riqueza expresiva en favor de las palabras; el acompañamiento del trío fue sencillamente excelente. Gran inicio.

Otro momento destacable de la noche fue Rubén Juárez, que con el Cristian Zárate Sexteto ofreció un espectáculo con alta densidad musical. Juárez compartió e improvisó con sus compañeros, pero con Los cosos de al lao y Desencuentro, en versiones para voz y fuelle, pagó otra cuota para una parcela en el Olimpo de los artistas trascendentales. En otra noche a sala llena –unas dos mil personas–, hubo más cantores de golas portentosas y prestigio bien ganado. Guillermo Fernández y María Graña, lograron, en la porción final de la noche, esa estrecha comunicación que él público sabe agradecer con aplausos generosos. En el cierre se armó la milonga, con Simplemente Tango. Cerraba el festival Julio Bocca.

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